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    quien es la muerte enamorada en el texto de theophile gautier

    Santiago

    Chicos, ¿alguien sabe la respuesta?

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    La muerta enamorada

    La muerta enamorada

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    Romuald y Clarimonde.

    Aguafuerte de Eugène Decisy a partir de una acuarela de Paul Albert Laurens para una edición francesa publicada en 1904.

    (en francés: , en ocasiones ampliado a ) es un relato de Théophile Gautier publicado por primera vez en 1836, en la revista .

    Se trata de un relato vampírico, narrado en primera persona por su protagonista, y probablemente influenciado por la obra de Ernst Theodor Amadeus Hoffmann, muy admirado por Gautier. Charles Baudelaire llegó a escribir que esta «es la obra maestra de Gautier».1​

    Índice

    1 Personajes 2 Argumento 3 Enlaces externos 4 Referencias

    Personajes[editar]

    Romuald: protagonista y narrador del relato, es un sacerdote que, en el día de su ordenación, es seducido por la vampira Clarimonde. Ya en su vejez, narra este suceso a otro sacerdote más joven.Clarimonde: una bella e hipnotizante mujer que seduce a Romuald para apartarlo del sacerdocio y convertirlo en su amante. Ella, en realidad, es una vampira, de la que se dice que ha muerto y regresado de la tumba varias veces, que se alimentará de la sangre de Romuald.Abad Sérapion: patrono de Romuald, le previene contra Clarimonde, a quien llega a calificar de «Belcebú en persona», y lo libera finalmente del hechizo de la vampiresa obligándose a contemplarla en su auténtica naturaleza, dentro de su tumba.

    Argumento[editar]

    El párroco Romuald, ya con sesenta y seis años de edad, narra a otro sacerdote una historia de su juventud, que el propio Romuald califica de «singular y terrible», y de la que no está seguro de si fue un sueño o realidad.

    Retrotrayéndose a la víspera de su ordenación como sacerdote, Romuald cuenta cómo había vivido por completo ignorante del mundo exterior y cómo no había nada más excelso para él que la vida religiosa.

    Sin embargo, al acudir a la ceremonia de ordenación, queda prendado de una misteriosa y bella mujer, quien le lanza una mirada tan hipnótica que hace escuchar a Romuald su súplica para que no lleve a cabo su ordenación y sea suyo. Romuald desea rehusar el sacerdocio, pero se muestra incapaz, pese a todos sus esfuerzos, de realizar su propósito, y cumple mecánicamente con los pormenores del sacramento.

    Cuando se dispone a abandonar la iglesia, la misteriosa mujer lo aborda y le reprocha lo que ha hecho. Al poco, un paje entrega al recién ordenado sacerdote una cartera que contiene únicamente dos hojas de papel con estas palabras: «Clarimonde. Palacio Concini».

    Obsesionado por volver a ver a Clarimonde, Romuald muestra un extraño comportamiento que inquieta a su patrono, el abad Sérapion, quien le conducirá, al día siguiente, a la parroquia asignada al nuevo sacerdote. Una vez instalado como párroco, Romuald es requerido para oficiar un servicio fúnebre para una gran dama que resulta ser Clarimonde. Creyéndola muerta, no resiste la tentación de besarla en los labios. Pero, para su sorpresa, Clarimonde responde al beso, y anuncia a Romuald que volverán a verse.

    Poco tiempo después, y durante los siguientes tres años, Romuald recibe cada noche la visita de Clarimonde, quien se lo lleva con ella a Venecia para que sea su amante. Así sucede, pero cada día, el sacerdote vuelve a despertarse en su parroquia, para volver por la noche al encuentro de Clarimonde. Romuald no es capaz (ni llegará a serlo nunca) de saber si todo cuanto vive es realidad o ensoñación. El abad Sérapion le previene contra Clarimonde, que resulta ser una vampira, pues se sirve de la sangre de Romuald para mantenerse viva, tal como el sacerdote descubre una noche, al no beber un vino narcotizado que ella le había preparado.

    No obstante, Romuald continúa amando a Clarimonde, por lo que el abad Sérapion termina por obligarlo a contemplarla en su ataúd: Sérapion abre la tumba de la vampira y rocía el cuerpo con agua bendita, reduciéndolo a polvo. Esto, sin embargo, no basta para destruir a Clarimonde, quien, furiosa, recrimina a Romuald por escuchar al abad y le anuncia que rompe para siempre toda comunicación con él.

    El relato finaliza con el anciano Romuald agradecido por haber salvado su vida y su alma, pero lamentando todavía su separación de Clarimonde.

    Enlaces externos[editar]

    Wikisource contiene obras originales de o sobre La muerta enamorada.

    Referencias[editar]

    ↑ [1]

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    Categorías: Cuentos de FranciaObras de Théophile GautierCuentos de terrorVampiros en la literaturaCuentos de 1836Obras publicadas originalmente en revistas literarias

    fuente : es.wikipedia.org

    La muerta enamorada, un cuento de Théophile Gautier

    Hoy, en la sección de cuentos de Zenda publicamos La muerta enamorada, del novelista, poeta y dramaturgo francés Théophile Gautier.

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    Cuentos

    La muerta enamorada, un cuento de Théophile Gautier

    13 Ene 2019/LAURA DI VERSO  / Théophile Gautier

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    La muerta enamorada: construyó un monumento. Una de las obras literarias más desgarradoras de la historia del amor.

    La muerta enamorada, un cuento de Théophile Gautier

    Me preguntas, hermano, si he amado; sí. Es una historia singular y terrible, y, a pesar de mis sesenta y seis años, apenas me atrevo a remover las cenizas de este recuerdo. No quiero negarte nada, pero no referiría una historia semejante a otra persona menos experimentada que tú. Se trata de acontecimientos tan extraordinarios que apenas puedo creer que hayan sucedido. Fui, durante más de tres años, el juguete de una ilusión singular y diabólica. Yo, un pobre cura rural, he llevado todas las noches en sueños (quiera Dios que fuera un sueño) una vida de condenado, una vida mundana y de Sardanápalo. Una sola mirada demasiado complaciente a una mujer pudo causar la perdición de mi alma; pero, con la ayuda de Dios y de mi santo patrón, pude desterrar al malvado espíritu que se había apoderado de mí. Mi vida se había complicado con una vida nocturna completamente diferente. Durante el día yo era un sacerdote del Señor, casto, ocupado en la oración y en las cosas santas. Durante la noche, en el momento en que cerraba los ojos, me convertía en un joven caballero, experto en mujeres, perros y caballos, jugador de dados, bebedor y blasfemo. Y cuando, al llegar el alba, me despertaba, me parecía lo contrario, que me dormía y soñaba que era sacerdote. Me han quedado recuerdos de objetos y palabras de esta vida sonámbula, de los que no puedo defenderme y, a pesar de no haber salido nunca de mi parroquia, se diría al oírme que soy más bien un hombre que lo ha probado todo, y que, desengañado del mundo, ha entrado en religión queriendo terminar en el seno de Dios días tan agitados, que un humilde seminarista que ha envejecido en una ignorada casa de cura, en medio del bosque y sin ninguna relación con las cosas del siglo.

    Sí, he amado como no ha amado nadie en el mundo, con un amor insensato y violento, tan violento que me asombra que no haya hecho estallar mi corazón. ¡Oh, qué noches! ¡Qué noches!

    Desde mi más tierna infancia había sentido la vocación del sacerdocio; también fueron dirigidos en este sentido todos mis estudios, y mi vida, hasta los veinticuatro años, no fue otra cosa que un largo noviciado. Con los estudios de teología terminados, pasé sucesivamente por todas las órdenes menores, y mis superiores me juzgaron digno, a pesar de mi juventud, de alcanzar el último y terrible grado. El día de mi ordenación fue fijado para la semana de Pascua.

    Jamás había andado por el mundo. El mundo era para mí el recinto del colegio y del seminario. Sabía vagamente que existía algo que se llamaba mujer, pero no me paraba a pensarlo: mi inocencia era perfecta. Sólo veía a mi madre, anciana y enferma, dos veces al año, y ésta era toda mi relación con el exterior.

    No lamentaba nada, no sentía la más mínima duda ante este compromiso irrevocable; estaba lleno de alegría y de impaciencia. Jamás novia alguna contó las horas con tan febril ardor; no dormía, soñaba que cantaba misa. ¡Ser sacerdote! No había en el mundo nada más hermoso: hubiera rechazado ser rey o poeta. Mi ambición no iba más allá.

    Digo esto para mostrar cómo lo que me sucedió no debió sucederme y cómo fui víctima de tan inexplicable fascinación.

    Llegado el gran día caminaba hacia la iglesia tan ligero que me parecía estar sostenido en el aire, o tener alas en los hombros. Me creía un ángel, y me extrañaba la fisonomía sombría y preocupada de mis compañeros, pues éramos varios. Había pasado la noche en oración, y mi estado casi rozaba el éxtasis. El obispo, un anciano venerable, me parecía Dios Padre inclinado en su eternidad, y podía ver el cielo a través de las bóvedas del templo.

    Conoces los detalles de esta ceremonia: la bendición, la comunión bajo las dos especies, la unción de las palmas de las manos con el aceite de los catecúmenos y, finalmente, el santo sacrificio ofrecido al unísono con el obispo. No me detendré en esto. ¡Oh, qué razón tiene Job, y cuán imprudente es aquel que no llega a un pacto con sus ojos! Levanté casualmente mi cabeza, que hasta entonces había tenido inclinada, y vi ante mí, tan cerca que habría podido tocarla —aunque en realidad estuviera a bastante distancia y al otro lado de la balaustrada—, a una mujer joven de una extraordinaria belleza y vestida con un esplendor real. Fue como si se me cayeran las escamas de las pupilas. Experimenté la sensación de un ciego que recuperara súbitamente la vista. El obispo, radiante, se apagó de repente, los cirios palidecieron en sus candelabros de oro como las estrellas al amanecer, y en toda la iglesia se hizo una completa oscuridad. La encantadora criatura destacaba en ese sombrío fondo como una presencia angelical; parecía estar llena de luz, luz que no recibía, sino que derramaba a su alrededor.

    Bajé los párpados, decidido a no levantarlos de nuevo, para apartarme de la influencia de los objetos, pues me distraía cada vez más, y apenas sabía lo que hacía.

    fuente : www.zendalibros.com

    La muerte enamorada. Théophile Gautier

    En este relato encontramos una de las vampiras más famosas de la literatura, en la que sin duda se inspiró Sheridan Le Fanu para su inmortal Carmilla. Se trata de la bella y seductora Clarimonde.

    La muerte enamorada. Théophile Gautier

    Terror

    La muerte enamorada. Théophile Gautier

    25 febrero, 2020 por Anabel Samani en Terror

    Si alguien nos preguntara el título de una historia no contemporánea de vampiros seguramente el primero que se nos vendría a la mente sería Drácula, la novela de Bram Stoker publicada en el año 1897 (de hecho, creo que es muy probable que fuera el primer título en que pensáramos aunque nos dejara incluir títulos más modernos). Sin embargo, esta obra, a pesar de su indudable influencia en la figura del vampiro, no fue la primera. Anteriores a ella son otras publicaciones como El vampiro, de J. W. Polidori (1819), Vampirismo, de E. T. A. Hoffman (1821), o Carmilla, de Sheridan Le Fanu (1872). Y, también, La muerte enamorada, de Theophilé Gautier, publicada en el año 1836.

    En este relato encontramos una de las vampiras más famosas de la literatura, aquella en la que sin duda se inspiró Le Fanu para su inmortal Carmilla: la bella y seductora Clarimonde.

    La historia está narrada en primera persona por el monje Romuald, que a la edad de sesenta y seis años le confiesa a otro monje (que permanece anónimo) su amor eterno y prohibido por una bella mujer. Aquello ocurrió cuando Romuald era un joven novicio a punto de tomar los votos. En aquel momento, una hermosa joven a la que jamás había visto apareció en la iglesia y le suplicó que abandonara a su dios y huyera con ella, pero Romuald siguió adelante con la ceremonia y acabó tomando los hábitos. Antes de marcharse de la iglesia, la mujer le hizo llegar al recién ordenado sacerdote una tarjeta con su nombre: Clarimonde. Romuald pensó que aquella sería la última vez que la vería, pero se equivocaba…

    Me preguntáis, hermano, si he amado. Sí. Es una historia singular y terrible, y, aunque tengo ahora sesenta y seis años, apenas me atrevo a remover las cenizas de ese recuerdo (…). Durante más de tres años fui el juguete de una ilusión singular y diabólica. Yo, un pobre cura de pueblo, he llevado en sueños todas las noches (¡quiera Dios que fuera un sueño!) una vida mundana y de Sardanápalo. (…)

    De día, yo era un sacerdote del Señor, casto, dedicado a la oración y a las cosas santas; de noche, en cuanto cerraba los ojos, me convertía en un joven caballero, buen conocedor de mujeres, perros y caballos, jugador, bebedor y blasfemos; y, cuando al rayar el alba despertaba, me parecía, por el contrario, que me dormía y que soñaba ser sacerdote.

    La obra tiene tres personajes principales, que son casi los únicos que aparecen:

    -Romuald: un viejo sacerdote que rememora su juventud, cuando conoció el tormento de tener el alma divida entre el deseo de servir a Dios y el deseo de amar a la mujer más seductora que se pueda imaginar.

    «Si quieres ser mío, te haré más dichoso que el mismo Dios en su paraíso; los ángeles te envidiarán. Rasga esa fúnebre mortaja con la que vas a envolverte. Yo soy la belleza, la juventud; yo soy la vida. Ven a mí, seremos el amor».

    -Clarimonde: una bella mujer, súcubo o vampiro, de seductora naturaleza, que le pide a Romuald que rechace su religión para ser libre y estar con ella; un ser sobrenatural, cuya existencia quizá resulte grotesca a la mente y al espíritu, pero ¿por ello ha de carecer de la capacidad de amar?

    -Sérapion: un monje protector de Romuald que intenta librarlo del hechizo en el que ha caído.

    Cada uno de estos personajes representa un aspecto de la vida: Romuald es el hombre que se debate entre lo espiritual y lo mundano, entre la virtud y el pecado; Clarimonde es el goce, el pecado y la tentación, incluso la negación de las leyes naturales de la vida y la muerte; Sérapion, por su parte, representa el poder de Dios, el bien, la pureza del alma que rechaza los goces terrenales.

    El más complejo y atractivo de los tres es Clarimonde. Por un lado puede representar (representa, de hecho) la mujer fatal, la tentadora Eva que causa la perdición de Adán; es el pecado encarnado.

    No miréis nunca a una mujer, y caminad siempre con los ojos fijos en el suelo, pues, por más casto y prudente que seáis, un solo minuto basta para haceros perder la eternidad.

    Pero hay dualidad en su concepción, pues parece que (al menos a su modo), ama a Romuald. Y, en realidad, ella no le pide a su enamorado más de lo que le pide Dios a ese joven sacerdote: que abandone todo para unirse a ella. Clarimonde le ofrece alegría y un mundo de felicidad mientras que la otra vida, la que le ofrece Dios, es triste, gris, envuelta en mortajas y carencias. Así pues, ¿Clarimonde es un súcubo que condena o una dulce tentación que libera?

    ¡Ser sacerdote! Es decir, casto. No amar, no distinguir ni sexo ni edad, apartarse de la belleza, arrancarse los ojos, arrastrarse bajo las sombras glaciales de un claustro o de una iglesia, ver únicamente moribundos, velar cadáveres desconocidos y llevar sobre uno mismo el duelo de la sotana negra, de modo que se pudiera convertir el hábito en sudario para el propio féretro.

    Aunque el tema principal del relato es la eterna lucha del Bien y el Mal (y, concretamente, el robo, por parte del Mal, de un alma pura y casta al Bien), todo en él es un enfrentamiento de contrarios: la vida de la noche y la del día; lo mundano y lo espiritual; el sueño y la vigilia, que se confunden hasta el punto de no ser posible distinguir cuál es real y cuál una alucinación febril…

    fuente : anabelsamani.com

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    Santiago 6 month ago
    4

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